Antes, yo soñaba con poder pelear como Steven Seagal o Jean Claude Van Damme, como cualquier adolescente, creía que todo radicaba en un secreto mágico, en el beso del dragón.
Con el tiempo uno va adquiriendo nuevas responsabilidades, aquellos sueños dejan de estar presentes, pero permanecen latentes.
Aquella mañana de diciembre todo iba a cambiar, hay eventos que te recuerdan que eres una diminuta pieza en este mundo y que la vida no es color de rosa, eventos que te marcan de por vida.
Ese día recibía la noticia de que habían secuestrado a una de mis primas.
No recuerdo bien que sentí en ese preciso momento, a lo mejor debía no sentir y seguir adelante para apoyar a mi familia.
Fue una semana de mucha angustia, de mucha tenacidad mental y sentimental para no derrumbarme aún cuando la recuperamos completamente sana, lo más sano que uno puede estar después de una experiencia de ese tipo.
Logré controlarme y no llorar enfrente de mi familia, creo que fui el único que no lo hizo, al menos no en público.
Uno puede pensar acerca de una enorme variedad de sentimientos que pudieron haber encontrado albergue en mi corazón, pero hubo uno que ha persistido hasta la fecha y es el de impotencia.
Este me ha seguido y hasta cierto punto, me ha atormentado. Juré no volver a sentirlo, que haría algo al respecto, que aprendería esas artes mágicas que soñé en mi juventud para protegerme a mi y a mi familia.
Era una buena idea, pero basada en todas las razones equivocadas, empezando por los preceptos de defensa personal.
En mi búsqueda, basada en la forma más empírica, ensayo y error, no encontraba nada que me llenara, nada que me diera las respuestas a las incógnitas que rodaban por mi mente.
Después de tres costillas luxadas y un esternón fisurado de un primo que se unió a mi búsqueda y un codo con tendinitis propio, encontré el Krav Maga.
El Krav Maga, técnica israelí de combate que significa lucha cuerpo a cuerpo, fue el primer indicio de que podía encontrar mi respuesta, pero que estaba muy lejos de ser el beso del dragón.
Entre más entrenaba y mi conocimiento crecía, más me daba cuenta de que no hay fórmulas mágicas, que no hay nada escrito en la defensa personal y que todo es basado en sentido común. Que uno no puede tener el control del cómo o el por qué de las cosas, pero si puede uno tratar de evitar las situaciones adversas y evaluarlas cuando uno está inmerso en una de ellas para salir lo mejor librado de ella. El instinto más básico es el más importante, supervivencia.
Como pasa, más frecuente de lo que uno quisiera, alguien tomó este concepto y lo prostituyó, esta persona falta de ética y sin respeto alguno por sus antepasados, hizo del Krav Maga, un concepto nuevo de aerobics en Beverly Hills.
Acabó con un concepto, convirtiéndolo en una mala técnica.
Curiosamente, esta situación hizo que prosiguiera con mi búsqueda por algo mejor, esto me llevó ante muchos charlatanes, ante muchos callejones sin salida.
A lo largo de este camino, me encontré con el Kapap, técnica ensañada a las fuerzas especiales del ejército israelí, me encontré con el Mayor Avi Nardia y con Albert Timen (no pongo su cargo, por temor a faltarle al respeto). Ambos miembros de la élite militar de Israel.
Tuve la fortuna de hospedarlos en mi casa y asistir al primer seminario de Kapap impartido en América Latina.
Esta experiencia única me enseñó más cosas de las que alguna vez esperé aprender.
No omito decir lo extenuante que fue el seminario tanto física como mentalmente, pero el aprendizaje va más allá. Es increíble cuanto se puede aprender de la vida con gente que ha luchado por ella y la ha defendido a toda costa por más de dos décadas.
El Kapap es un proceso de aprendizaje continuo, no por nada el lema es “Siempre un estudiante, algunas veces profesor”, es una manera de ver la vida. Es defensa personal en muchos planos diferentes de la vida.
A partir de que decidí aprender este nuevo concepto de vida, el sentimiento de vacío e impotencia que habita en mi corazón y en mi mente ha menguado considerablemente. He encontrado que no existe el beso del dragón, que la vida es el recurso más importante que tenemos y como tal debemos valuarla y preservarla, la calidad siempre debe ser prioridad sobre la cantidad.
He aprendido mucho y aunque ahora se que nunca voy a poder evitar eventos tan desagradables en mi vida o en la de cualquier otro, también se el riesgo se puede minimizar.
Mi camino de aprendizaje apenas comienza, pero se que al final podré obtener la paz mental que anhelo a través de la aceptación, tolerancia y evaluación de riesgos, también se que de necesitarlo, podré usar mi cuerpo para defender aquello que valoro y que valga la pena defender.
Con el tiempo uno va adquiriendo nuevas responsabilidades, aquellos sueños dejan de estar presentes, pero permanecen latentes.
Aquella mañana de diciembre todo iba a cambiar, hay eventos que te recuerdan que eres una diminuta pieza en este mundo y que la vida no es color de rosa, eventos que te marcan de por vida.
Ese día recibía la noticia de que habían secuestrado a una de mis primas.
No recuerdo bien que sentí en ese preciso momento, a lo mejor debía no sentir y seguir adelante para apoyar a mi familia.
Fue una semana de mucha angustia, de mucha tenacidad mental y sentimental para no derrumbarme aún cuando la recuperamos completamente sana, lo más sano que uno puede estar después de una experiencia de ese tipo.
Logré controlarme y no llorar enfrente de mi familia, creo que fui el único que no lo hizo, al menos no en público.
Uno puede pensar acerca de una enorme variedad de sentimientos que pudieron haber encontrado albergue en mi corazón, pero hubo uno que ha persistido hasta la fecha y es el de impotencia.
Este me ha seguido y hasta cierto punto, me ha atormentado. Juré no volver a sentirlo, que haría algo al respecto, que aprendería esas artes mágicas que soñé en mi juventud para protegerme a mi y a mi familia.
Era una buena idea, pero basada en todas las razones equivocadas, empezando por los preceptos de defensa personal.
En mi búsqueda, basada en la forma más empírica, ensayo y error, no encontraba nada que me llenara, nada que me diera las respuestas a las incógnitas que rodaban por mi mente.
Después de tres costillas luxadas y un esternón fisurado de un primo que se unió a mi búsqueda y un codo con tendinitis propio, encontré el Krav Maga.
El Krav Maga, técnica israelí de combate que significa lucha cuerpo a cuerpo, fue el primer indicio de que podía encontrar mi respuesta, pero que estaba muy lejos de ser el beso del dragón.
Entre más entrenaba y mi conocimiento crecía, más me daba cuenta de que no hay fórmulas mágicas, que no hay nada escrito en la defensa personal y que todo es basado en sentido común. Que uno no puede tener el control del cómo o el por qué de las cosas, pero si puede uno tratar de evitar las situaciones adversas y evaluarlas cuando uno está inmerso en una de ellas para salir lo mejor librado de ella. El instinto más básico es el más importante, supervivencia.
Como pasa, más frecuente de lo que uno quisiera, alguien tomó este concepto y lo prostituyó, esta persona falta de ética y sin respeto alguno por sus antepasados, hizo del Krav Maga, un concepto nuevo de aerobics en Beverly Hills.
Acabó con un concepto, convirtiéndolo en una mala técnica.
Curiosamente, esta situación hizo que prosiguiera con mi búsqueda por algo mejor, esto me llevó ante muchos charlatanes, ante muchos callejones sin salida.
A lo largo de este camino, me encontré con el Kapap, técnica ensañada a las fuerzas especiales del ejército israelí, me encontré con el Mayor Avi Nardia y con Albert Timen (no pongo su cargo, por temor a faltarle al respeto). Ambos miembros de la élite militar de Israel.
Tuve la fortuna de hospedarlos en mi casa y asistir al primer seminario de Kapap impartido en América Latina.
Esta experiencia única me enseñó más cosas de las que alguna vez esperé aprender.
No omito decir lo extenuante que fue el seminario tanto física como mentalmente, pero el aprendizaje va más allá. Es increíble cuanto se puede aprender de la vida con gente que ha luchado por ella y la ha defendido a toda costa por más de dos décadas.
El Kapap es un proceso de aprendizaje continuo, no por nada el lema es “Siempre un estudiante, algunas veces profesor”, es una manera de ver la vida. Es defensa personal en muchos planos diferentes de la vida.
A partir de que decidí aprender este nuevo concepto de vida, el sentimiento de vacío e impotencia que habita en mi corazón y en mi mente ha menguado considerablemente. He encontrado que no existe el beso del dragón, que la vida es el recurso más importante que tenemos y como tal debemos valuarla y preservarla, la calidad siempre debe ser prioridad sobre la cantidad.
He aprendido mucho y aunque ahora se que nunca voy a poder evitar eventos tan desagradables en mi vida o en la de cualquier otro, también se el riesgo se puede minimizar.
Mi camino de aprendizaje apenas comienza, pero se que al final podré obtener la paz mental que anhelo a través de la aceptación, tolerancia y evaluación de riesgos, también se que de necesitarlo, podré usar mi cuerpo para defender aquello que valoro y que valga la pena defender.
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